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martes, 7 de abril de 2015

Incidentes de una familia disfuncional

1
Cuando la madre le pide a la hija llenar el plato de mole al padre, la hija, molesta de esta repetitiva escena; no hace más que enfurecerse sutilmente, tomar la cazuela de barro por ambas orejas y azotarla fuertemente contra el cráneo cano de su padre. Quedando lleno de mole, el padre y el plato.


2
No era llanto, ni siquiera lloriqueo. Lo que emanaba de aquel bebé era toda una erupción grotesca, lágrimas sí pero también mocos, saliva, sudor, pataleos y gritos. Un acto tan insoportable como el más. El tío, que pretendía estudiar para un examen -de ya ni sabe qué-, anhelaba el silencio. Levanta la cabeza, voltea a todas partes, busca una solución y la encuentra, una taza grande de porcelana fina. La levanta por encima de su cabeza y ¡paf!, la deja caer sobre la boca del bebé. No más ruido. Puede estudiar.


3

¡Comete esa sopa! Solía decir la abuela regañona a sus nietos. Hasta que uno, cansado del mal sabor de la sopa y del fastidio de la abuela, decidió meterle a ella toda la sopa de un solo golpe. Para mala suerte de la abuela, con todo y plato. Para buena suerte del plato, la abuela ya no tenía dientes. Para mala suerte del nieto, lo vio su madre. Para buena suerte de todos, comamos lo que haya.

domingo, 30 de agosto de 2009

confesión melancólica




a Juan José Arreola

Yo, señores, soy de México, D.F. La ciudad más grande del mundo que la hemos hecho también ya la más caótica. Pero nosotros hemos logrado adaptarnos a cualquier situación. No importa que con ligeras lluvias existan zonas inundadas, o que el metro cada vez funcione peor, cierto es también que la gente en la desgracia se une –sólo en la desgracia–. Desde no sé cuando la gente empezó ha deforestar y ha contaminar indiscriminadamente este lugar. También ha poblar las banquetas, por diferentes motivos, menciono dos: el comercio ambulante y la caminata, sí la caminata. Y es que aunque sólo sean tres personas ocupan toda la banqueta como si nadie más fuera a pasar por ahí, otros, salen con sus perros y obstruyen el paso –cuando menos a mí que me dan tanto miedo esos animales y termino por darles la vuelta–. Cuando el sol se mete –por que así decimos por acá– se enciende la otra luz, la artificial, que no deja para nada, contemplar las estrellas. Ya nos las observo. Dan ganas, pues, de salir de este enorme laberinto sobrepoblado y refugiarse en la soledad. Pero cierto es que cuando no se esta aquí, se le extraña. La adaptación a ese medio la has conseguido y ahora es parte tuya. Atraídos somos por la majestuosidad del caos.

Pertenezco por esto al género pesimista. Soy un hombre que siempre busca criticar. Muchas veces aunque me encuentre con cosas que no me perjudican me arrojo hacia ellas con las peores intenciones. No quiero morir sin haber intentado un cambio en la humanidad con mis acciones. Cambio de actitud, en la forma de ser en y con el mundo. Me irrita profundamente que la gente sea egocéntrica, autoritaria e intolerante, que crea que su opinión es la más correcta. Que no sea capaz de asumir un juicio lo más objetivo posible. Que no haga algo. Que sea un algo. Que no despierte. En fin, que viva enajenada. Ese soy yo, misántropo pero también en algún sentido huraño.