1
Cuando la madre le pide a la hija
llenar el plato de mole al padre, la hija, molesta de esta repetitiva escena;
no hace más que enfurecerse sutilmente, tomar la cazuela de barro por ambas
orejas y azotarla fuertemente contra el cráneo cano de su padre. Quedando lleno
de mole, el padre y el plato.
2
No era llanto, ni siquiera
lloriqueo. Lo que emanaba de aquel bebé era toda una erupción grotesca,
lágrimas sí pero también mocos, saliva, sudor, pataleos y gritos. Un acto tan
insoportable como el más. El tío, que pretendía estudiar para un examen -de ya
ni sabe qué-, anhelaba el silencio. Levanta la cabeza, voltea a todas partes,
busca una solución y la encuentra, una taza grande de porcelana fina. La
levanta por encima de su cabeza y ¡paf!, la deja caer sobre la boca del bebé.
No más ruido. Puede estudiar.
3
¡Comete esa sopa! Solía decir la
abuela regañona a sus nietos. Hasta que uno, cansado del mal sabor de la sopa y
del fastidio de la abuela, decidió meterle a ella toda la sopa de un solo
golpe. Para mala suerte de la abuela, con todo y plato. Para buena suerte del
plato, la abuela ya no tenía dientes. Para mala suerte del nieto, lo vio su
madre. Para buena suerte de todos, comamos lo que haya.


